Dos Griegos ante Buda

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Dos Griegos ante Buda
Extracto de Yang tsé, por Niko Kazantzakis

Aparecieron dos extranjeros vestidos con cortas túnicas blancas y sus cabellos crespos coronados de olivo silvestre. Hermosos, tostados por el sol, alegres. Se diría que son dioses de un pueblo nuevo y sencillo… escuchemos qué dicen.

Querido compañero –dice el griego primero. Creo que hemos llegado al objetivo de nuestro magno viaje. Inmutables, purísimas, brillan en nuestras mentes las montañas, los ríos, las aldeas innumerables, todos los bienes bárbaros que recibieron y atesoraron nuestros ojos insaciables en ésta nuestra espiritual expedición asiática. No sabía que el mundo era tan vasto, que se puede caminar por años fuera del límite luminoso de la Hélade; cruzar llanos, montes, torrentes, ¡y que sin cesar se abran los fundamentos del cielo y que la tierra no tenga fin!

Tampoco yo sabía, querido compañero –contesta el griego segundo-, que la belleza posee tantos rostros, que tantas sendas llevan al bien eterno, y que hay hombres de habla bárbara que aman, sufren y sienten como nosotros los griegos. ¡Y también ellos plasman ideas y estatuas con la madera, con la piedra y con la inteligencia! Cuando regrese a Grecia, con la ayuda de Hermes el Protector de los Caminantes, y vuelva a entrar en mi taller luminoso donde hay multitud de estatuas de dioses a medio terminar, pintaré con púrpura los labios de Atenea y colgaré espesos rizos en la frente de Apolo, ¡y sembraré en el cuerpo poderoso de Zeus la piedra preciosa, el oro y el marfil! ¡Cual pavo real oriental se mueve mi cerebro dentro de mi duro cráneo eginítico!

Avancemos, compañero querido –le propone el griego primero- hacia esta asamblea. Diviso tiendas multicolores, hombres que gritan, lloran y golpean las manos en el aire. Un asceta delgado y desnudo está sentado bajo un árbol seco, hinojos, con los párpados bajos, sumido en una felicidad estática incomprensible…

El corazón me dice, compañero –confiesa el griego segundo-, que éste es el sabio que buscamos. Mira cómo fulguran sus manos, sus pies; cómo brilla su hábito cual nube dorada del crepúsculo; cómo vibra sereno, etéreo, su rostro, cual espíritu. Ha saltado en mi pecho el pendiente de bronce de Atenea, que llevo como sagrado presente de la Hélade; ¡ha saltado, amigo, como si hubiera sentido miedo!

¡No avancéis –les ordena Mogalano-, no habléis, no turbéis la santa asamblea!

Queremos hablar con Buda –le responden ambos.

Lejanas figuras humanas –pregunta Mogalano-, ¿a cuál tenéis por vuestra patria?

Somos hijos de una tierra bella y delicada –responden ellos-, de costas celestes. Meses ha que caminamos como peregrinos, avanzando siempre hacia el sol naciente.

¿Y qué buscáis, oh caminantes –pregunta el discípulo de Buda-, hacia el lugar donde el sol nace?

Supimos que más allá del Éufrates nació un sabio que va por las ciudades y pone orden en los pensamientos y en las obras de los humanos –explica el griego primero-; y vinimos para que nos diera leyes para llevarlas a nuestra patria.

No existe patria, no existen leyes, no existe sabio, no existen Indias. Nada existe. –responde Mogalano.

Creo que hemos llegado al país de los litófagos –comenta el griego primero al segundo- Este noble medio demente ha gustado el dulce fruto venenoso y ya no recuerda nada. Su memoria se vació, se limpió. Está sentado debajo del ciprés blanco, junto a la Fuente del Olvido, y todo su cuerpo es un cántaro sin fondo y por dentro se vierte el mundo.

Compañero, déjame hablarle –propone el griego segundo. Alzaré a Grecia ante sus ojos velados, para que su mente se ilumine y despierte. –le habla a Mogalano- En Egina vi un efebo cuando regresaba, vencedor, desde Olimpia, con su curvo navío. Saltó a proa, avanzó por el agua, caminó por la dura orilla llena de guijarros y siguió adelante, fulgurando cual un dios de bronce al sol. Toda la isla había bajado a la playa a recibirlo: derribaron los muros de la ciudad para que pasara. Y yo, asceta, ¿me escuchas?, me acerqué a él, lo toqué con esta mano, le tomé las rodillas, los muslos, las espaldas, el cuello firme, la rizada cabeza con su corona… Admiré la fuerza, la serenidad, la nobleza de la raza humana. Me dije: ¡Más hermosa que los caballos, más polifacética que el agua, más rica aún que la más rica fantasía, es la estirpe del humano! ¡No existe mayor alegría que tener ojos y manos para contemplar y tocar el cuerpo del hombre!

¡Sombras –responde Mogalano-, sombras, sombras!

No eran sombras, oh sofista desnudo –le dice el griego primero- los bárbaros que una mañana hollaron Maratón. Nuestras mujeres se mezan los cabellos en los navíos; la llanura se ha inundado con tiendas bárbaras y con caballeros, y el mar se ha vuelto una selva de pendones rojos y amarillos. Y cuando resonó el peán: “¡Adelante, hijos de los helenos!”, no eran sombras los cuerpos y la sangre y éste nuestro corazón que palpitaba ¡y exigía libertad!

¡Con sombras habéis combatido! –insiste Mogalano- Hermanos, éstos son los griegos, los eternos hijos de la fantasía, los necios peces que se agitan y juegan dentro de la hilada del pescador y creen ¡que se agitan y juegan libremente en el inmenso mar! Sus crónicas son sueños hechos de agua azul, de precarias campiñas, de navíos y corceles. Con estos elementos inexistentes juegan, trabajan y plasman en el aire adormecido, guerras, dioses, leyes, ciudades… ¡Desdichados! ¡Por años combatisteis en Troya por Helena y no habíais caído en la cuenta de que sólo peleabais por la sombra de Helena! Armasteis barcos, partisteis todos vosotros con generales, profetas y cabalgaduras; viajasteis dentro de vuestro sueño; divisasteis una ciudadela hecha de nubes; ardió vuestra sangre y gritasteis: “¡Ésta es Troya, ésta es Troya!” Os pusisteis la mano contra el sol; distinguisteis unos puntos negros que se movían sobre las murallas y gritasteis: “¡Éstos son nuestros enemigos!” Y se mezclaron, se separaron y se volvieron a juntar las sombras sobre esas tierras ¡por diez años! Y todo aquello, desdichados, no era si no un juego de luz y oscuridad… El espíritu del Maligno estaba posado sobre el aire y creaba la ciudadela y las naves y el piélago y la cólera de Aquiles y la hermosura de Helena.

Y si Helena hubiera sido una sombra –responde el griego segundo-, oh Sofista Desnudo, ¡bendecida su sombra! Pues al combatir por esa sombra, ampliamos nuestro espíritu, fortalecimos nuestros cuerpos. Volvimos a la patria, y nuestra mente estaba llena de andanzas y valentía; y nuestros bajeles, ¡llenos de gallardía y vestimentas lujosas y mujeres orientales! Diez años derramamos nuestra sangre y la bebía la sombra de Helena, y envolvían lenta y dolorosamente carne humana… Y después de diez años de lamentaciones y combate, Helena se irguió ante nosotros y su cuerpo enjuto y cálido despedía su vaho; jugueteaban sus cabellos ensortijados al viento marítimo, y todos los griegos quedaron deslumbrados, adivinando la belleza de la incomparable mujer. Y los diez años se encendieron y apagaron en lo que dura un relámpago. ¡Y todas las cimas de la Hélade refulgieron, proclamando la maravilla! Generaciones pasaron y desaparecieron, pero Helena vibra aún inmortal en el canto, se sienta en los festines de los nobles y en la asamblea del pueblo. Sube por la noche a los lechos de los recién desposados, como una novia, y todas las hijas de Grecia se le parecen. Ella es la mujer de los Helenos.

¡Bendecidos sean los dioses! –continua el griego segundo- Mira pues, cómo nosotros los griegos hacemos corpóreas las sombras, cómo trabajamos y esculpimos el aire como si fuera mármol. Asceta, toda la tierra me parece ser una Helena sumida en llanto y en el juego, recién bañada. Y resplandece su pequeña planta ensangrentada, como la de Nicea.

¡Oh vanas visiones de la cabeza ebria, -responde Mogalano- oh efímeros hombres de rocío! ¿Hasta cuándo os desgarraréis como los escorpiones machos en los peines eróticos letales de la Vida, la gran escorpiona? Despertad, desarraigad el deseo, pisotead las entrañas y gritad: “¡No quiero más!” Ahogad vuestros corazones y vuestros cerebros, para que no parloteen y mancillen el silencio inmortal, y escuchad: los montes claman, los ríos claman, las hojas de los árboles se mueven como bocas y claman: “¡Venid, venid! Llegaréis a ser una cosa con la tierra, con la benigna lluvia, con el sagrado viento. Os tenderéis en las raíces de los árboles, a la fresca oscuridad subterránea; os derramaréis de nuevo en la matriz de tierra de la madre. ¡Venid! ¡Venid!”

¡Yo no! –exclama el griego primero- Yo me inclino sobre mi corazón y oigo a toda la Tierra que clama: “Soy el animal oscuro; álzate, hijo mío, e ilumíname! Soy el instante que pasa y se desvanece. ¡Levántate, dame voz, dame cuerpo, bésame, hazme inmortal!” Bueno es el viento, buena y verdadera el agua, bueno el pan, la tierra. Abro mis ojos, mis oídos, veo, escucho, huelo, gozo el mundo terreno. Y si debiera hundirse con todo este navío de la Tierra, ¡yo, asceta, resistiría hasta la muerte y trataría de salvarlo! Como el marino valeroso, cuyo buque hizo agua y trabaja día y noche la bomba, pero el agua sigue subiendo, inmutable y segura, un pelo cada hora, y en el navío unos cruzan los brazos, otros blasfeman, otros lloran y alzan los ojos al cielo, y solamente él, con obstinación, mordiéndose los labios, sube y baja los brazos manejando la palanca, y sin cesar transforma la vanidad en valentía. De tal modo también yo debo trabajar en el barco de la Tierra, donde estamos embarcados y que hace agua. Esto me gusta; esto quiere mi corazón. Escucho: todas las montañas, los ríos, los árboles, el mar, me gritan: “¡Dame un rostro para desaparecer. Mírame para cobrar vida!”

¡Efímeros hombres de rocío, de cerebro hueco! –responde Mogalano- ¡Nunca el maligno espíritu de la vida ha arrojado el anzuelo con más pericia! ¡Levantaos, arrojad las celosías de vuestros ojos y mirad el caos! Todo marcha hacia la muerte; marchad vosotros junto a todas las cosas. ¡Libre considérese quien, cómoda y voluntariamente, hace suya la inhumana ley de la naturaleza! La tierra gira un momento en el caos; se abre su corteza, se hincha, se llena de vegetales, de animales, de hombres; se llena de ideas y de dioses, igual que la llaga se llena de gusanos. Buda fue el primero en ver el impulso del Universo, vio la ley eterna y dijo: “Este impulso es nuestro; ésta es una ley que yo establecí; marcho libre a la muerte”. ¡Hombre infeliz! Estás en la encrucijada del maligno y el sudor corre de tus axilas; mujeres y hombres y ciudades se desprenden de tus riñones; bajeles parten de tu pecho sudoroso y navegan en el aire… ¡Cobarde! ¡No cubras el abismo con visiones! Levanta el engañoso velo fantástico, las estrellas, los mares, los hombres, los dioses. Mantén abierto el caos y mira: ¡nada existe!

A nosotros, asceta, nos gobiernan otras deidades –contravino el griego primero-; humean sus narices, palpitan sus corazones; se sientan en nuestros banquetes; se acurrucan en nuestros fogones; suben a nuestras camas, se acuestan con nuestras mujeres; nosotros nos acostamos con sus diosas. Las sangres se mezclan, se purifican, se lavan; se deifica la estirpe del humano; se suaviza, se hace más cálida y benigna la raza de la deidad. Antes de nosotros, los inmortales chillaban como cuervos y desvariaban y no podían solidificar su pensamiento en una palabra simple y sobria. Nosotros, por sobre el caos, perseguimos la palabra, la bajamos a la tierra, le cortamos las alas y la afirmamos en el abismo. ¡Como Nicea sin alas! Nosotros levantamos muros ciclópeos en torno a la Mente y no permitimos entrar a la insania. Como el coral que, enraizado en la entraña siempre moviente del océano, labora combatiendo invencible y transforma la corriente en piedra, se abre, se extiende, se solidifica, amontona carroña tras carroña, cambiando el trofeo de la muerte en un peldaño de vida, y poco a poco llega a ser una isla, así, una isla tan edificamos también nosotros, oh lotófagos; ¡el cerebro del hombre encima del caos! ¡Hemos vencido el temor, plantando sobre el abismo una pequeña, serena y bien armada estatua de Atenea! Cogimos una piedra, grabamos sobre ella una sonrisa, y toda la piedra del mundo sonrió al punto. Y ahora, como adversario contra el loto venoso que os descimienta la sagrada memoria, traemos a tu jefe, como obsequio de la luminosa Hélade, esta imagen armada de Atenea, en bronce. Aparta, asceta; no nos impidas el paso: hemos venido a hablar con Buda.

¡Oh hijos de la imaginación! –advierte Mogalano- No os aproximéis a la cristalina fuente de la verdad. Veréis vuestro verdadero rostro y os asustaréis. Permaneced en el círculo exterior de nuestra era, junto con los jilgueros, los cuclillos y los pavos reales, ¡y caed al suelo a reverenciar!

No reverenciamos a nadie. –responde el griego primero- Hemos de hablar de pie con él; tal es la costumbre en la Hélade. –a Buda- Oh gran sabio que, según hemos oído, portas una nueva medida y mides la verdad y lo falso, mides nuevas leyes y separas lo justo de lo injusto, ¡y proclamas nuevos motivos de amor, escucha nuestra voz! ¡Desde el ombligo de la tierra hemos venido a este confín del mundo para oír tu voz; para elegir lo que nos conviene y tomarlo con nosotros y marcharnos! Poseemos ciudades y leyes; tenemos palestras, teatros, templos y oráculos; poseemos bajeles y olivos de argentadas hojas y uvas e hijos. Tenemos todos los bienes, sólo uno nos falta: la concordia. Luchamos hermanos contra hermanos, y hasta nuestros dioses se separaron y se pelearon como humanos; la discordia subió y tomó hasta el mismo cielo… ¡Oh sereno legislador, todo silencio y sonrisa, abre tu boca y danos una nueva ley de amor!

Buda se ha vuelto; sus ojos almendrados divisaron a los extranjeros. Sonríe con dulzura y condescendencia… La sonrisa de Buda cubre a los dos extraños peregrinos, ¡como un sol que se pone!

Oh, gran sabio silencioso –insiste el griego primero-, has escuchado la voz de la Hélade ¿No respondes?

Calla, hermano –le silencia el griego segundo- Ha contestado, ¿no lo sientes? Mi corazón se ha desbordado de respuesta. Una profunda sonrisa serena destiló desde la mente de Buda; se difunde en sus labios, en su mentón, en su cuello… No es una sonrisa, es una luz que lame el mundo entero…

Kazantzakis, Niko (1983); Yang Tsé (Buda); Editorial Carlos Lohlé; Buenos aires.

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