La Relación del Individuo con el Universo

Ciudades amuralladas, dividir para reinar

ciudadesamuralladasbLa civilización de la antigua Grecia se desarrolló dentro del marco amurallado de sus ciudades. Todas las modernas civilizaciones han tenido en realidad un molde original, que bien pudiéramos llamar de Cal y Ladrillo. Estas murallas o limitaciones dejan una huella imborrable en la mente de los hombres, levantando como lema en nuestro fuero mental aquella conocida fórmula “dividir para reinar”, modalidad que concluye muy luego por engendrarnos el hábito de asegurar todas nuestras conquistas del saber, robusteciéndolas a la vez que separándolas unas de otras.

Por esta razón, hacemos distinciones entre una nación y otra, entre un conocimiento y otro, entre el hombre y la naturaleza, alimentando, mediante esta actitud, una fuerte desconfianza contra todo aquello que se extiende más allá de las barreras que ya hemos edificado; de tal modo que cada cosa nueva que se presenta ha de sostener porfiada resistencia antes que merezca nuestra aceptación…

→ Los occidentales aparentan sentirse orgullosos con la idea de que están subyugando a la naturaleza, como si nosotros estuviéramos viviendo en un mundo que nos fuera hostil, donde tuviéramos en realidad que arrebatar cada cosa que necesitamos a una voluntad contraria y ajena a la ordenación de las cosas.

Este sentimiento es el producto del hábito y la manera de pensar de las ciudades amuralladas; porque en la vida de la ciudad el hombre dirige espontáneamente la concentrada luz de su pensamiento sobre su propia vida y actividades y crea una disociación artificial entre sí mismo y la naturaleza universal, dentro de cuyo seno vive.

Por el contrario, en la India, el punto de vista era diferente; éste incluía el mundo con el hombre, como una gran verdad. La India pone todo su empeño en demostrar la armonía que existe entre el individuo y el universo. Sintió y comprendió claramente que nosotros no podríamos tener comunicación alguna con nuestro rededor, si éste fuera completamente extraño a nosotros.

Ahora, si el hombre se queja contra la naturaleza, lo hace principalmente por los esfuerzos que despliega para lograr la satisfacción de sus múltiples necesidades. Empero, sus desvelos no son en vano, porque en realidad él está progresando diariamente; lo que nos demuestra que hay una relación inteligente entre el hombre y la naturaleza; porque si observamos atentamente, veremos que no podemos hacer nada por nosotros mismos, excepto aquello que esté muy circunscrito e íntimamente relacionado con nosotros.

Podemos observar un camino desde los diferentes puntos de vista ; porque, mientras unos lo miramos como alejándonos del objeto que anhela nuestro deseo, considerando en este caso cada nueva etapa de nuestra senda como conseguida por el imperio de la fuerza, haciendo frente a los obstáculos que se nos interponen, otros lo ven como la ruta que nos conduce derechamente hacia el ideal de nuestro destino, comprendiendo que el sentido de las dificultades vencidas es algo que nos acerca de manera definitiva a la finalidad, cuyo principio orientaba nuestros pasos; porque, conociendo por propia experiencia las dificultades que surgen en la gran jornada de la vida, podremos conquistar el objeto que ella nos brinda.

Esta última manera de apreciar el problema, es la que observa la India con respecto a la naturaleza; así, si el hombre puede pensar, es por la íntima relación que tiene con todas las cosas que le rodean; si él puede hacer uso para su provecho de las múltiples fuerzas que encierra la naturaleza, es por la armonía en que se encuentra con el poder universal. Ahora, el propósito que conduce al hombre durante el curso de su evolución, no podrá ir jamás en contra del sentido que en su trabajo va revelando la naturaleza…

→ Para la India, la unidad fundamental de la creación no fue simplemente una especulación filosófica, sino que su objeto en la existencia fue realizar esta gran armonía por medio del sentimiento y de la acción. Ella cultivó su conciencia hasta tal punto, mediante las prácticas de la meditación compartida con el trabajo, que todas las cosas llegaron a tener una significación espiritual.

La tierra, el agua, la luz, los frutos y las flores, no eran para ella meros fenómenos que debiéramos abandonar una vez aprovechada su utilidad; sino que le eran necesarios para conseguir su ideal de perfección, de mismo modo que cada nota tiene su valor en el conjunto de la sinfonía.

La India sintió intuitivamente que la sola existencia de este mundo guardaba para nosotros un significado y una importancia vitales y, por consiguiente, debíamos tener una clara comprensión, a fin de establecer con ella, íntimo lazo, no sólo impelidos por una mera curiosidad científica o por un simple anhelo de ventajas materiales, sino esmerándose en comprender su sentido con el espíritu de la simpatía, a la vez que con un profundo sentimiento de alegría y de paz.

El hombre de ciencia sabe, en cierto modo, que el hombre no es sólo lo que aparenta a nuestros sentidos; él comprende que la tierra y el agua son en realidad el juego de las fuerzas, que se manifiestan a nuestra percepción como tierra y agua, en cuanto podemos apreciarlas parcialmente.

Del mismo modo el hombre que tiene abiertos sus ojos espirituales, sabe que la verdad trascendente acerca de la tierra y del agua, reside en la comprensión que tengamos de la verdad eterna, cuya actividad se evidencia por medio del tiempo, tomando forma en las fuerzas que nosotros percibimos bajo esos aspectos.

Esto no es un mero conocimiento como lo es de la ciencia, sino un precepto dado al alma por el alma, que no nos lleva a la obtención del poder, como lo hace el conocimiento; pero, en cambio, nos da alegría, que es el efecto inmediato de la unión de nuestro espíritu con las cosas que amamos.

El hombre, cuyas relaciones con el mundo no le lleven a un conocimiento más profundo que el de la ciencia, no comprenderá jamás que es aquello que lo impele a percibir una visión espiritual en los fenómenos de la naturaleza. Así, el agua no solamente lava las extremidades, sino que también purifica su corazón, puesto que toca su alma. La tierra no tan sólo sostiene su cuerpo, sino que alegra su mente, puesto que su contacto físico es algo más que un contacto físico; es la presencia de algo vivo.

Rabindranath Tagore

Cuando el hombre no llega a comprender la íntima relación que lo liga al mundo, se encuentra como si viviera preso en una casa, cuyos muros le parecen extraños. Pero cuando logra percibir el espíritu eterno que anima todas las cosas, se emancipa realmente; porque sólo entonces él descubre todo el significado que encierra el mundo en que ha nacido; se halla a sí mismo en perfecta verdad y su armonía con el todo queda establecida…

→ Esta fue la razón porque en la India todo un pueblo, que antes era carnívoro, renunció a tomar alimento animal, para cultivar el sentimiento de simpatía universal por la vida, como evento único en la historia del género humano.

La India sabía que, cuando por las barreras físicas y mentales, nos separamos nosotros mismos violentamente de la inagotable vida de la naturaleza, cuando apenas alcanzamos a ser hombres, pero no hombres en el universo , creamos con esta actitud tal número de problemas, que pronto llegan éstos a anodadarnos. Al cerrar el camino a su solución, tratamos, sin embargo, de resolverlos por métodos artificiales, cada uno de los cuales trae consigo la propia cosecha de nuevas e interminables dificultades.

Cuando el hombre abandona su papel inactivo en la naturaleza universal, cuando camina por la sola ruta de la humanidad, la vida semeja para él, ora una danza, ora una caída, y tiene incesantemente que forzar cada uno de sus nervios y de sus músculos, a fin de concentrar su equilibrio en cada paso; y entonces, en los intervalos de sus desfallecimientos, él prorrumpe en imprecaciones contra la Providencia, sintiendo en su interior un secreto orgullo con mezcla de satisfacción, como piense que fue insuficientemente dotado por la fuerza que mueve el sistema general del mundo.

Pero esto no puede durar eternamente. El hombre debe realizar la plenitud de su existencia, ocupar el lugar que le corresponde en el infinito. Debe saber que, por dura que sea la lucha que sostiene, no podrá nunca fabricar miel circunscribiéndose a las celdillas de su colmena; porque el manantial inagotable que alimenta su propia vida reside fuera de las murallas que lo circundan. No debe ignorar que, cuando se separa a sí mismo del exterior, impidiendo la influencia vitalizadora a la vez que purificadora del infinito y vuelve a encerrarse dentro de sí mismo para buscar su alimento y su aire, no hace más que incitarse a la locura, se hace pedazos a sí mismo y concluye por alimentarse de su propia substancia.

Desprovisto de la perspectiva del todo, su indigencia natural pierde su única gran cualidad, el sustentarse del infinito, haciéndose cada vez más escuálido y despreciable. Su salud no se mantiene largo tiempo lozana y su desenvolvimiento toma un curso extraviado. Sus apetitos no contribuyen al equilibrio de su vida, guardando los justos límites de su propósito, sino que, habiendo llegado a ser un fin en sí mismos, queman su vida y concluyen por convertirse en una maraña de dificultades, minada por la evidencia cruel de una espantosa desorganización.

De aquí que en el fondo de nuestra naturaleza tratamos más de separar que de atraer. En arte, por ejemplo, luchamos por la originalidad perdiendo de vista la verdad, que aunque muy antigua, es siempre nueva. En literatura, olvidamos a menudo la impresión de conjunto que presenta la vida del hombre, que si bien es sencilla, es, sin embargo, grande, haciéndola aparecer como un problema psicológico o la encarnación de una pasión que tiene que ser siempre intensa por cuanto es anormal y que, al ser descrita bajo el pavoroso resplandor de una luz artificial, nos causa mayor atractivo. Cuando la conciencia humana se encuentra restringida a la inmediata vecindad del yo puramente humano, las raíces profundas de su naturaleza no encuentran terreno sólido; su espíritu está siempre al borde la inanición y, en lugar de la plenitud de la fuerza sana y vigorosa, se traducen en palabras aquellas pasiones que logran excitar.

→ Esto acontece porque el hombre olvida su perspectiva interna, midiendo su grandeza por la magnitud que alcanzan sus hechos externos y no por el lazo vital que lo une al infinito. Juzga de su actividad por su movimiento, no por el reposo de la perfección, de ese reposo sereno que existe en el cielo estrellado y en la continuada y rítmica danza de la creación…

Había en la India individuos sabios, héroes, hombres de Estado, reyes y emperadores; pero ¿a quiénes consideraba ella, en medio de toda esta jerarquía, como la clase más representativa de sus hombres? Tal jerarquía la componían los Rishis.

Y ¿quiénes eran los Rishis? Aquellos que, habiendo alcanzado el supremo conocimiento del alma, estaban rebosantes de sabiduría y que, habiéndolo encontrado mediante la unión con el alma, gozaban de la perfecta armonía con su ser interno; de modo tal, que habiéndolo realizado en el corazón, estaban libres de todo conocimiento egoísta, y porque lo habían experimentado en todas las manifestaciones del mundo, obtuvieron la calma; los Rishis eran, en fin, aquellos que habiendo alcanzado la realización del Dios supremo, encontraban en todas partes la paz permanente, llegando a identificarse con todo y a penetrar en la vida del universo.

Así, el estado de entrar en relación con todo, de permanecer en comunión con todas las cosas por medio de la unión con Dios, era considerado en la India, como la finalidad y como la plenitud del desarrollo a que debía llegar la humanidad.

El hombre puede destruir y saquear, ganar y acumular, inventar y descubrir; más su grandeza reside en su alma que puede comprenderlo todo.

Para el hombre es un horrible aniquilamiento el envolver su alma en un quiste sin vida, endurecido por los hábitos, o bien cuando un trabajo afanoso lo ciega hasta tal punto, que sus preocupaciones comienzan a girar a su rededor como un remolino tempestuoso de polvo que cierra el horizonte. Eso en realidad mata el verdadero espíritu de comprensión.

20160303_185531Esencialmente el hombre no es un esclavo de sí mismo ni del mundo; pero sí está llamado a amar. Su libertad y su plenitud derivan del amor, que es otro nombre para la perfecta comprensión. Por este poder de comprensión, por esta permeabilidad de su ser, el individuo se une con el espíritu que todo lo trasmina y que es también el aliento mismo de su alma…

Por esta razón es por lo que los Upanishads describen a los que han alcanzado la meta de la vida humana, como llenos de paz y unificados con Dios, queriendo significar de esta suerte que ellos estaban en perfecta armonía con el hombre y con la naturaleza…

Buddha, que desarrolló el aspecto práctico de las enseñanzas contenidas en los Upanishads, predicó ese mismo mensaje, cuando dijo:

Con todas las cosas, sea que estén arriba o abajo, remotas o cercanas, visibles o invisibles, tú debes conservar una relación de amor ilimitado, sin animosidad alguna y sin deseo de matar…

Tagore, Rabindranath (1933); Capítulo I: La Relación del Individuo con el Universo; pág. 49-72,
En Sádhaná, Editorial Nascimento, Santiago, Chile.

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